Orbis

Autobiografía y mentira

 

Por Dennis Arita 

Tratar de hacer pasar por verdades las memorias o autobiografías es una pérdida de tiempo. Lo es cuando el lector es lo bastante inteligente o avisado para entender que a la mayoría de los autores les gusta inventar patrañas, fingir, disfrazar, decir toda clase de coloridas mentiras. También están quienes no mienten, pero son deshonestos por omisión porque no acaban de decir toda la verdad. Se quedan en ciertos aspectos de la verdad que son más cómodos e interesantes para ellos y en esa confortable zona de la realidad muestran, como un vendedor sus dulces, los colores y las formas que su memoria infalible ha preservado para el deleite de sus congéneres. Tomen, si se les da la gana, el caso de Simone de Beauvoir. Cuatro tomos autobiográficos que en conjunto andan por las 1,500 páginas. Es notable que la verdad de esos volúmenes es demasiado pormenorizada y brillante para ser verdadera. Nadie recuerda hasta ese punto sin inventar algo. Apuntemos, de paso, que muchos maestros de narrativa recomiendan la invención de pormenores para crear un espacio verosímil donde los personajes se muevan sin el estorbo de la incredulidad del lector.

Qué decir de Benvenuto Cellini. No dudo, jamás he dudado de que una sola vida haya albergado tanta peripecia y tanta aventura. Pero me parece difícil creer que nos contara todas sus aventuras y todas sus peripecias. Alguien que ha vivido tanto y de tantas maneras debe haber olvidado algo, un encuentro fortuito que decidió el destino de un país o el accidentado descenso por el muro de un convento. Cellini, de 58 años cuando escribía su famosa autobiografía en 1558, aconseja “a las personas honestas que hayan vivido hechos notables redactar sus memorias después de haber cumplido los cuarenta, edad adecuada para una empresa tan prodigiosa. A mi edad presente, puedo recordar algunas bondades placenteras y no pocas maldades inestimables”.

Imposible saber si con la vejez llega la honestidad: Cellini no menciona su deseo de decir la verdad, sino su voluntad de narrar hechos memorables. Su libro es hermoso, pero ¿cuánto de él será cierto? Si se ha vivido tanto, no parece necesario mentir, sin embargo, apunta Cellini, “en una obra como ésta siempre hay peligro de caer en la fanfarronería, natural a hombres de diversa cuna”.

Según Cellini, el requisito esencial para escribir una autobiografía es haber tenido una vida interesante y haber presenciado sucesos extraordinarios. Las vidas anodinas no merecen ser anotadas. A nadie podría interesarle la autobiografía de Cellini corrector de pruebas, o de Cellini oficinista, pero es irrecusable que a todos les encanta leer la vida de Cellini escultor y aventurero redactada por sí mismo.

Podría conjeturarse que Cellini se esforzó por vivir una vida extraordinaria porque deseaba tener palabras para llenar las 650 páginas de su autobiografía. Cada una de sus intrigas y fugas bizantinas aspiraba a convertirse en párrafo o en capítulo. Sería interesante que alguien escribiera un cuento sobre la vida y los hechos de un grupo de jóvenes camaradas que, con el único fin de poseer material para redactar sus memorias, deciden emprender variadas y locas aventuras. A G K Chesterton le habría interesado una trama como ésa; en El club de los negocios raros imaginó a una sociedad mercantil especializada en proveer a sus clientes de aventuras irracionales a precios razonables. He oído decir que ciertos ciudadanos estadounidenses aburridos pagan para ser secuestrados…

El coronel Thomas Edward Lawrence, apodado Lawrence de Arabia, Oorans y soldado raso T. E. Shaw. Poco puede decirse de él, ya que parece haberlo dicho todo de sí mismo y de la realidad en su deslumbrante memoria de la guerra árabe-turca Los siete pilares de la sabiduría. Jamás me ha cruzado por la cabeza poner en duda lo que Lawrence nos cuenta, pero ¿qué pensar de alguien que asegura haber recordado un poema completo en plena batalla, mientras volaba por el aire tras ser despedido de su camello alcanzado por la bala de un oficial turco? En fin, ya dijo Oscar Wilde que importa más la buena escritura que la moralidad de un libro. R. Graves dice que el trabajo requerido para pulir Los siete pilares fue “furioso”. Esa furia estilística se nota en el pasaje donde Lawrence cuenta la explosión de un tren, mientras él y sus hombres están echados bocabajo en el suelo del desierto, a resguardo de una depresión del terreno. A Oorans no lo satisface narrar, quiere deslumbrar; escribe: “La rueda de un vagón que pasó sobre nuestras cabezas dejó una estela de música”.

En un apéndice curioso y humorístico al comienzo de sus memorias bélicas, Lawrence incluye una entrevista que le hicieron. El periodista, con el derecho a la duda que muy pocas veces ejercen sus colegas, indica las variaciones de los nombres de algunos personajes, ¡hasta el de un camello! Esa variedad no es una colección de erratas, afirma Lawrence con evidente regocijo; se debe a su apego a la gama de acentos regionales árabes y tal vez a los caprichos de los tipógrafos. Sería interesante averiguar si esos tipógrafos eran árabes.

La Vida del doctor Samuel Johnson, escrita por su amigo James Boswell, no es una autobiografía, aunque casi lo es porque uno de sus más destacados personajes es el propio Boswell; es una especie de autobiografía refleja, porque a través de la narración de las brillantísimas tertulias de Johnson, Boswell describe con encanto peculiar sus métodos de inquisidor y coleccionista de nimiedades. Tal vez sirva de contraejemplo, o sea como un espécimen biográfico con evidencias internas de verosimilitud. En el texto de Boswell agradan las frases perfectas de sus personajes, si se les puede llamar así. Borges, creo, apunta que a un antiguo amigo del doctor Johnson le preguntaron si había estudiado los problemas metafísicos y respondió: “Muchas veces me dediqué a la filosofía, pero me interrumpió la felicidad”.

Johnson, que prefería ganar en cualquier debate, no importa que el tema fuera una nadería, aborrecía particularmente las pláticas sobre la mortalidad. Una vez le preguntaron si creía en los fantasmas, cuenta Boswell. “No, no creo en ellos”, respondió Johnson. “Si los fantasmas existieran y si alguien tuviera contacto con uno de ellos, es de esperar que le pregunte al espectro sobre los hechos futuros y que obtenga respuestas correctas. Nadie ha predicho el futuro hasta ahora y por ello es presumible que nadie ha visto un fantasma”. Cuando alguien alabó la vida de los marinos porque en ella abundan las aventuras y las visitas a parajes exóticos, Johnson sonrió con una mezcla de conmiseración y victoria y dijo: “Nada peor que la vida de un marino. Lo despojan durante años de los deleites de la vida social, lo encierran en barcos apestosos y lo someten al perpetuo riesgo de ahogarse. Los barcos son prisiones, pero los reos de las cárceles normales tienen la ventaja de poder escapar de ellas y los marinos no”.

Observaciones agudas y otras bellezas que andan por ese libro impiden especular acerca de la verdad de lo contado. A un solo hombre -Boswell- le habría sido imposible acopiar tanta salida ingeniosa; para echar mano de ese oro verbal había que rodearse de seres ingeniosos, escuchar atentamente y tener la paciencia del amanuense. Shakespeare es otro escritor inhumanamente dotado para la frase feliz, pero, a no ser que algunos de sus hechos anden escondidos en las frases de Próspero o en los actos de Lear, no parece haber sido aficionado a la autobiografía.

Jean Jacques Rousseau es un ejemplo de memorista falaz por exceso de efusión; menciona con tanta frecuencia a sus “enemigos” que llega a convertirlos en demonios o en seres capaces de hazañas sobrehumanas. Pocos pasajes de sus Confesiones no están cargados de romántica desesperación. Por descuido o por vanidad, miente desde el comienzo: “Con la redacción de este libro emprendo algo que no tiene precursores y cuya ejecución no podrá ser imitada por nadie”. Tenía al menos un precursor, San Agustín, y es presumible que más de alguno ha intentado parodiar su estilo. Como Cellini, que cuidó que la edad y las virtudes del verdadero memorista coincidieran con las suyas, Rousseau está sospechosamente interesado en no dejar dudas sobre la veracidad de su autobiografía: “Como este retrato de un hombre, pintado con entera fidelidad, no ha existido ni existirá otro igual. Deseo exponer ante mis iguales a un hombre a la luz de su verdadera naturaleza y ese hombre seré yo”. Cuesta mucho creerle a alguien que nos pide de entrada que le creamos.

Al revés de Simone de Beauvoir, que aspiraba inútilmente a contarlo todo en el mil y pico de páginas de sus memorias, el inglés Robert Graves prefiere la síntesis, la prosa visual y el recuerdo de algunos sucesos llamativos; como muchos de sus compatriotas, era adepto de la frase curiosa, de la trivialidad atractiva, del hecho cotidiano que puede expandirse en símbolo. La francesa prefiere el catálogo y los enciclopedistas son sus ancestros; el inglés tiende a ser exacto e interesante y es deudor de Stevenson. Sin duda, ambos mienten. La primera por ser pródiga y el segundo por ser excesivamente oportuno.

Nada más oportuno que la desnudez. En el capítulo 14 de sus memorias, Graves habla de las formas y momentos adecuados de quitarle la vida a un enemigo. “Sólo una vez me negué a dispararle a un alemán”, relata. “Mientras me desempeñaba como francotirador en una colina de la línea de apoyo, vi con la mira telescópica de mi rifle a un alemán, a unos 640 metros de nosotros. Estaba tomando un baño. Me desagradó la idea de dispararle a un hombre desnudo. Le di el rifle a un colega y le dije que yo no era tan buen tirador como él. Mi compañero mató al alemán, pero yo no me quedé para verlo”.

Adiós a todo eso, el libro de memorias donde Graves cuenta su paso por el Batallón de Fusileros Galeses durante la Primera Guerra Mundial, es en primer lugar una colección de anécdotas bélicas narradas con el estilo eficaz y gentilmente irónico que distingue al autor de Yo, Claudio y en segundo lugar, una autobiografía.

Como muchos escritores ingleses, Graves no suele emocionarse y esa carencia de emoción para contar hechos terribles le da una apariencia de verdad a muchos pasajes de su libro. Varados en la vecindad de Cambrin, Francia, en agosto de 1915, Graves y sus compañeros evaden por semanas enteras las balas de los francotiradores, se comunican por medio de una trinchera a la que apodan el Callejón de la Maison Rouge, emprenden incursiones periódicas para lanzar gas sobre las líneas enemigas y vigilan la frágil frontera de alambre de púas que los separa de los alemanes. El resultado de las misiones de reconocimiento es un reguero de cuerpos ingleses que deben ser rescatados en nuevas incursiones que dejan más cadáveres.

“La mañana del 27 de agosto se escuchó un grito desde la tierra de nadie”, escribe Graves. “Un soldado herido del pelotón Middlesex había recobrado la conciencia. Estaba tendido cerca del alambre, del lado alemán. Nuestros hombres escucharon su grito y se vieron unos a otros. Entre nosotros había un afable cabo llamado Baxter. Solía cocinar platillos especiales para los vigías de turno. Apenas escuchó al hombre del Middlesex, corrió por la trinchera y pidió la ayuda de un voluntario. Por supuesto, nadie quería ir; asomar la cabeza sobre el parapeto era la muerte segura. Me preguntó si yo quería ayudarle y le dije que no porque era el único oficial. Prometí ayudarle al anochecer. Salió sin compañía, saltó sobre el parapeto y cruzó la tierra de nadie agitando un pañuelo. Los alemanes hicieron fuego para asustarlo, pero al verlo tan resuelto lo dejaron acercarse. Baxter se acercó al herido e indicó a los alemanes qué estaba haciendo. Vendó las heridas, le dio ron y galletas y prometió volver al anochecer. Lo rescató por la noche con un grupo de camilleros y el hombre se salvó. Recomendé a Baxter para la Cruz de Victoria, pero no la obtuvo”.

Todo en el pasaje de Graves debe ser rigurosamente cierto. Negarse a cometer un acto heroico, en este caso no apoyar una misión de rescate, no será una muestra de heroísmo, pero al menos es una exhibición de honestidad. Quizá Graves deseaba preservar su vida para poder redactar Adiós a todo eso. Hasta ahora nadie ha visto a un muerto escribir sus memorias.

Dice Michel de Montaigne que el arte de la mentira exige una memoria prodigiosa. El buen mentiroso debe ser capaz de recordar detalladamente su mentira, los hechos que la rodearon, cuándo la dijo, en qué circunstancias y ante qué auditorio. Si confunde los hechos o los pormenores, alguien con mejor memoria que la suya logrará descubrirlo. La habilidad de mentir bien en una autobiografía es menos arriesgada que la de mentir a los amigos o familiares. Nadie objeta las falacias de un autor de memorias por varias razones, porque el escritor está demasiado lejos, porque ha muerto -otra forma de la lejanía-, porque lo impide la veneración.

La imaginación humana puede ser maravillosa. Siempre existe un recurso que defenderán quienes leen autobiografías con deleite, y soy uno de ellos: una autobiografía que se lee gozosamente es aquella cuyo autor logra mentir mejor. El mejor autobiógrafo es el que miente mejor bajo cualquier circunstancia. Todos los recursos son lícitos, la destreza nemotécnica de De Beauvoir, la prodigiosa vitalidad de Cellini, la conmovedora locura de Rousseau. Al final, parecen preferibles los recursos de Graves: mesura, síntesis y selección de detalles llamativos. Nada como mentir sin sobresaltos.

 

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