General, Orbis

Una hora de historias con Federico Andahazi

Por Felipe Rivera Burgos

La gente llega con enormes bolsas llenas de libros como si regresara de hacer las compras semanales del supermercado. El aula 2106 del Wolfson Center, del Comunity College de Miami, ha sido acondicionada como una efímera plataforma de la fama. En la audiencia, treinta personas esperamos el arribo de la celebridad de la noche, Federico Andahazi.

Los sonidistas revisan los micrófonos; las luces del proscenio se encienden. Un señor muy alto sube y comienza a hablar con suprema suavidad. Se trata de José Álvez, que con gran gentileza agradece a los patrocinadores, invita a los asistentes a convertirse en voluntarios de la Feria, pide apagar los celulares y presenta a Alejandra Ferraza, directora de la revista Nagari. Alejandra lee una breve reseña y, entonces, sube Andahazi.

El público latino es igual en todas partes. A las dos frases graciosas de Andahazi le han seguido dos pronunciados silencios. El joven autor igual se planta, sin amedrentarse. Revela el tema de su intervención: Cómo llega el autor a concebir un libro; busca una silla, se sienta, y comienza a hacer lo que bien sabe: contar historias.

El caso del descubridor olvidado

Un libro siempre está precedido por un encuentro fantástico, cuenta. En su caso, mientras trabajaba en una novela sobre la Venecia del siglo XVI -que no llegó a publicar- hizo un descubrimiento sorprendente en la enciclopedia Historia del cuerpo humano. Ahí se encontró con los escuetos datos de un médico, Colón, a quien se le declara el descubridor del clítoris, o del territorio del placer. “Tantos homenajes a Cristóbal Colón, y este otro Colón, que realizó un descubrimiento notablemente superior, carece de reconocimiento”, dice y comienzan a asomar las primeras risas.

A partir de ahí comenzó la búsqueda de información sobre este personaje. Más tarde se enteró que le atribuyen el descubrimiento de las leyes de la circulación sanguínea y de la oxigenación. “Y entonces me dije si este hombre no tiene biografía, se la invento yo”, cuenta. Ahora sí, el público absorto ríe despreocupadamente.

Se toma un tiempo para tomar agua.

La historia dio lugar a una novela que lo entregó a la fama: El anatomista. La novela cuenta un momento en la vida de Mateo Colón, un anatomista del Renacimiento que se enamora de una prostituta veneciana, Mona Sofía, y pretende encontrar una pócima que le permita conseguir su amor. Luego de muchos experimentos con prostitutas y cadáveres, el otro Colón descubre el amor veneris, equivalente anatómico del kleitoris, hasta entonces desconocido en Occidente. Pero al publicar este hallazgo debe enfrentar la Inquisición.

“Es curiosa esa relación mutua entre literatura y realidad -dice-, porque ahora casi toda la información que hay en Internet sobre este otro Colón son datos que yo los he inventado”.

La conquista al revés

Antes que nada aclara que El conquistador no es su última novela. “Siempre que oigo eso me da la impresión de que no voy a escribir más”. Se trata de -y debe decirse- la novela más reciente.

Todo parte de un fragmento de un mural de Diego Rivera sobre el descubrimiento. En él se ve una embarcación indígena ante un sol con el rostro inverso. Se detiene para recordar que la pintura es la narración más antigua de los hombres. Ahí, en las cuevas, quedaron registradas las hazañas del día de los primeros humanos.

La historia de esta novela se ubica antes de que se hicieran los mapas del cielo, con Copérnico y otros, y antes de los mapas de la Tierra de Mercator y Vespucio. Se trata de un guerrero que emprende un viaje por mar en busca de Aztlán, la tierra mítica de los aztecas, y llega a Europa. “No es difícil pensar que un azteca se hubiera encontrado entonces con salvajes, si era la Europa medieval”, dice. De ahí que la historia se narre como un hecho natural. El público ha comenzado a reír, también, de manera muy natural.

Cuenta que el punto crítico de la presentación del libro era México: “¿Cómo se tomarán que un pendejo argentino se tome libertades con su pasado… salí ileso”. El siguiente punto difícil era España: “¿Qué pensarán de alguien que los llama salvajes en una novela? Afortunadamente, ningún español bien nacido está de acuerdo con el proceso sangriento que fue la conquista… así que, ileso de nuevo”.

“Y bueno, se sabe que la novela del pasado siempre es una metáfora de la actualidad. La palabra que más figura en los diarios de Colón es ‘oro’; no ‘petróleo'”. A esta altura, Andahazi tenía al público en sus manos de contador de historias.

La persecusión del clítoris

o el culto al pene presidencial

“La censura sigue como al principio de la civilización. Yo todavía me siento un autor inédito”, dice, como prólogo a la historia que lo signó con El anatomista.

Una vez terminada la novela, “yo cumplí con mi conciencia y la llevé a un editor. Pero ahí, en la oficina editorial, el editor parecido a Barton Fink, con el pelo rizado, me dijo una sentencia que áun no entiendo en una editorial: ‘No publicamos autores inéditos’. Bueno, le dije que yo cumplía con mi conciencia de escritor y le iba a dejar la novela y entonces él, Barton Fink, ahí delante mío, se levantó y tiró la novela en la basura. Y bueno, yo cumplí con mi conciencia, ahí la dejé”. Pide que le recuerden para contar al final el siguiente encuentro con este Barton Fink.

Luego siguieron los concursos. Participaba en todos los concursos que estuvieran por delante. Mandó, para el caso, a la Fundación Amalia Lacroze Fortabat y al Premio Planeta. Un buen día le llegó la notificación que había ganado el Premio de la Fundación Fortabat. Cumpliendo con el reglamento fue a retirar su novela del concurso de Planeta. “Piénselo, está entre las finalistas, y tiene amplias posibilidades de ganar”, le dijeron, pero optó por lo seguro, motivado más que todo por una enorme gotera que caía sobre su computadora.

De ahí, extrañamente, se empezaron a caer todas las entrevistas programadas en los medios de comunicación. “Un día llego a un programa de televisión y el presentador me preguntó ‘y vos que hacés acá’. Bueno, le dije, vine porque usted me invitó. ‘¿Qué?, ¿no recibiste la desinvitación?’ No. ‘Bueno, en este momento estás desinvitado’. Hasta ese momento yo no sabía qué era lo que estaba pasando. Un día, a la madrugada, me despierta el teléfono y escucho al otro lado del auricular una voz: ‘¿Vos son Federico Andahazi?’ Sí. ‘¿Ya viste los periódicos?’ ¿Pero cómo voy a ver periódicos si acabás de despertarme, acaso ya los venden?, le digo molesto. ‘No sabés nada entonces, oíme, ¿qué demonios fue lo que escribiste? Andá a buscar un periódico y te llamo’. Entonces voy y me encuentro en que en todos periódicos del país, en la tercera página, hay una aclaración de esta señora, Amalia Lacroze Fortabat, diciendo que no compartía el premio que el jurado me había otorgado porque la obra ‘no contribuye a exaltar los más altos valores del espíritu humano’. Bueno, lo que pasa es que la señora no es un dechado de virtud que digamos. Circulan bromas en Argentina en que atendía a todo el San Lorenzo de Almagro. Y si a esto le agregamos que el jurado no lo conformaban adolescentes que digamos”. El jurado al que contradijo la señora Fortabat estaba compuesto por los prestigiosos y ya maduros escritores María Angélica Bosco, Raúl Castagnino, José María Castiñeira de Dios, María Granata y Eduardo Gudiño Kieffer. “En promedio andaban en los ochenta años”.

El caso es que se reconoció el dinero a Andahazi, pero no le publicaron la novela. De ahí que retomara el tema de la censura y su permanente sensación de autor inédito. La novela fue publicada finalmente por Editorial Planeta, ha sido traducida a treinta idiomas y ha vendido millones de ejemplares.

Hasta en las mejores familias

La mojigatería de la dueña de la fundación tuvo eco a gran distancia. En el New York Times apareció un breve artículo satírico burlándose de que en Argentina estaban escandalizados por el clítoris.

Sin embargo, años después, Barnes & Noble se encargaba de presentar El anatomista por primera vez al público norteamericano. Como es tradición, tenía pautado un anuncio en el New York Times, e hicieron llegar la publicidad con la portada del libro. Y sucedió lo impensado. Los editores del diario llamaron a la gente de la casa distribuidora para informarles que ellos no podían publicar el anuncio, ya que no mostraban imágenes explícitas y porque en el texto se mencionaba la palabra clítoris. Los distribuidores retiraron el anuncio y lo modificaron, traicionando al autor.

“La censura está más viva que nunca. Está en todas partes. Jamás pensé que en un país como Estados Unidos hubiera este tipo de censuras, pero bueno, se da hasta en las mejoras familias”, refiere. Para colmo, la presentación del libro y la censura del New York Times se dio por los días en que celebraban en las calles el orgullo gay. “Aquí todos veneran el pene presidencial… el clítoris no se puede mencionar”.

Cuenta que un librero, pastor de una iglesia, se rehusó a exhibir la novela en los estantes, pero igual lo vendía a escondidas. Cuando los responsables de la casa editorial le preguntaron por qué hacía eso, dijo que por la ilustración, no quería que alguien la viera. El distribuidor le señaló que la portada era una cuadro que estaba exhibido a la vista de todos en el Museo del Prado, y que millones de personas lo veían. Entonces el pastor contestó: “Y, bueno, habrá que revisar a las autoridades del Museo del Prado”.

Recuerda que en la Feria del Libro de Estambul había una mujer en la fila para firma del libro, “extrañamente la mujer no tenía ningún libro en la mano, simplemente estaba ahí, toda cubierta de ropa, hasta la cara”. Llegó a la mesa, tomó el libro y entonces empezó a decir que aquello era una vulgaridad y un insulto a la mujer. Le explicó que era al contrario, era un homenaje a la mujer. “La mujer salió del salón y volvió con cuatro sujetos extralarge; a mí me sacaron los de seguridad para que no pasara nada. Y qué va, no le di más vueltas al asunto porque no quiero convertirme en Rushdie”.

Al terminar la frase había cumplido una hora de un perfecto monólogo. Las risas se confundieron con los aplausos. Y a los aplausos siguieron las preguntas del público.

Nadie usó los micrófonos para preguntar, acaso porque las preguntas eran demasiado inmediatas y no exigían ensayo previo. Una señora preguntó qué pasó con el editor en el segundo encuentro. Andahazi ríe. “Qué chismosos son ustedes”, dice. Relata que se lo encontró en un pasillo donde se presentaba su libro, El anatomista. Iba al baño cuando vio que de ahí salía precisamente Barton Fink. Y cuando Barton Fink lo vio salió corriendo y se puso detrás de una columna con las dos manos cubriéndose la cara. Aquella actitud le pareció curiosa. Así que se acercó a Barton Fink y le preguntó qué hace ahí. “Dónde”, preguntó el hombre. “Aquí detrás de esta columna”. “Nada”, dijo Barton Fink. Entonces Andahazi le preguntó: “¿Se acuerda de mí, de ‘no publicamos autores inéditos’?” “No -respondió Barton Fink-, no sé quién es usted”. Estaba realmente pálido y se veía mal, recuerda Andahazi, así que mejor lo dejé.

Otra persona se levanta y pregunta qué pasó con la gotera de su casa. Andahazi remata la noche: “Y, bueno, como la plata que me dieron era buena, me mudé”. Los aplausos y las risas se confundieron de nuevo.

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7 comentarios en “Una hora de historias con Federico Andahazi

  1. Rogerio Inestroza dijo:

    Es una sección divina. Me encantó la conferancia de Andahazi, y quien la cuenta lo hace de forma encantadora. También ese asunto de los narradores mentirosos está bonito; yo antes creía que todos los escritores de ficción mentían, ahora veo que son más propensos a mentir los que hacen memorias. Gracias por compartir la cultura con nosotros.

  2. Gloria Cabrera dijo:

    La he descubierto hoy y no he podido dejar de leerla. Hacía falta una revista de categoría en Latinoamérica, que dijera eso que por mucho tiempo hemos callado las mujeres, con una pizca literaria. Por eso hago la sugerencia de que se incluya más literatura de corte feminista, porque ya es tiempo de que el mundo conozca que podemos hacer literatura de calidad.
    Mi respeto y un abrazo al editor.

  3. Aimée Cárcamo dijo:

    Me quedé con las ganas de leer el artículo completo de Una hora de historias con Federico Andazi, cómo accedo al artículo completo.
    Felicidades por su blog.

  4. Sergio Puerto dijo:

    Me parece que la sección está muy bien, pero deberían regular la entrada de comentarios. Eso de la literatura femenina es una tonteria, es literatura y ya. Quiero comentar esta muy buena la entrevista con Andaty, no lo he leido, pero parece un buen escritor.
    solo algo más para el editor, yo escribo cuentos y un dio te mando unos para que los publiqués, creo que son tan buenos como la entrevista de Andaty.

  5. Jonny leverón dijo:

    Estuvo buena la entrevista con Andarty. Yo leí de él El Anatomista y me parece la mejor novela revelación de los últimos 15 años. Sí, Andarty es uno de esos escritores que uno lee después de tres cervezas y dice que es genial. No entiendo como no lo han postulado al nobel…

  6. oscar sierra dijo:

    Esta entrevista con Federico Andahazi es fenomenal, marca la diferencia de un periodismo alternativo en Honduras. En cuanto a la obra de de este novelista, me sorprende por la calidad expresiva en lo narratorio, que lo combina con un un lenguaje terso para dejarnos con la virtud poetica de saborear esa trama que se desboca en la primera línea de sus capítulos; argentino de sangre, viene a demarcar la narrativa contemporánea despojándose de García Márquez o de Cortázar, lo mismo Laiseca y otros jóvenes que vienen a hacer más aportes trascendentales en la novelistica hispanoameicana. Felicito enormente al escritor y moderardor de esta seccion, por ese codeo con estos grandes escritores.
    Atte,

    Oscar Sierra o Ennio Leone
    Profesor de Idiomas y estudiante de Literatura

  7. diego dijo:

    Andahazi es el escritor que más me gusta, como García Márquez, lo mejor de todo es argentino; me huviera gustado leer El anatomista, a mis manos solo llegó El príncipe y los cuentos de El árbol de las tentaciones. Un abrazo

    Diego de Catamarca

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