Orbis

Mi dolor no es una mariposa

El rencor desinteresado

Desde su ópera prima, Habitaciones sordas, Gustavo Campos se ha dedicado a cultivar el odio, el desamparo, el ocio desinteresado con una suerte de brutalidad poética como si viviera en una obra de Aristófanes. Ha seguido la premisa de Rimbaud: “poetas, hagamos todas las muecas”, y su último libro (todavía inédito) es también un gesto, un golpe, un paso furioso entre eso que los otros llaman poesía y la búsqueda genuina de una poética distinta -y distante- que limita con el despropósito, la frase entrecortada, el grito, el murmullo, el ruido, el riesgo de escribir desde la barrera de separación entre el sentido poético y el lenguaje, y Campos ha elegido quedar en el lado de la poesía. Este domingo le regalamos estos poemas de Gustavo Campos, de su libro Desde el hospicio, de próxima publicación, como un gesto que anteponer a los cascabeles y los inagotables villancicos. Hay que aclarar de manera urgente, para aquellos asiduos muy serios de esta sección, que la supuesta desidia e inusitada voz de este joven autor descansa en alusiones felices y que el mismo goza de un excelente buen humor. Las imágenes son de la argentina Susana Elena Fernández Ortiz.

 

Me alimento de poetas

que fracasaron en su vida,

de aquellos que prefieren un verso

a los labios de la mujer que aman.

 

De los que construyeron a la orilla del mar la fe,

como de la soledad su tumba. De aquellos a los que no

dije:

las esperanzas son un laberinto disfrazado de atajo.

 

De a quienes les soplé una órbita de tristezas

y quedaron atrapados

en el centro del misterio, como dentro de un remolino.

De esos me alimento.

 

Soy bestia: lanzo pecados.

Derribé gigantes en la era de David.

Convertí en monstruos los molinos

y las piedras en pan.

 

Soy el sol que entra en los humanos,

y después, cuando ha recorrido su cielo,

les deja un monstruo por ocaso.

 

Escojo, al azar, poetas

y los convierto en tristes o exultantes.

 

Me alimento de poetas

porque ellos creyeron que me hacían cuando sólo

fueron mi

reflejo.

 

 

 

III

 

 

Nadie ama a otro como a sí mismo.

 

 

W. Blake

 

 

 

No amo a nadie como a mí misma

y a la humanidad

no puedo retenerla en un espejo.

Cuánto me repugnan los poetas,

tan inocentes; creen inventarme,

creen que me ocultan,

que me salvan.

 

 

 

En un banco demasiado solitario

 

 

siempre encuentran un banco solitario

un trozo de madera

o una piedra florida en que sentarse

José Antonio Funes

 

Tienen la inocencia de un desierto.

Nadie venera sus ojos, sus palmas cortadas como hojas de

árbol.

Su sangre cae muerta,

fría,

como noche.

Lavan con sus lágrimas un banco demasiado solitario.

De vez en cuando

la demencia se despide con el beso seco de sus labios.

Tiernos se odian a sí mismos, muriendo.

 

Los enfermos aman,

con esa tierna mugre en el corazón, en el cuerpo,

en el lugar más alto.

 

 

 

Balada a los pobres

 

 

Siempre tuve cuidado de no tropezar con un herido

sollozante,

o que un marginal -cuánto me gusta este adjetivo- me

pidiera ayuda.

Pero yo jamás lo ayudaría

o escribiría algo así como una balada a los pobres…

En un ángulo de la vida lo más importante es ignorarnos

y no debe culpársenos ni llamársenos insensibles.

 

 

 

Eremita

 

 

De los versos hice mi familia,

con ellos conviví, a ellos insulté.

Tan áspera ternura despertaron.

Reímos. Cuántas heridas nos disimulamos.

 

 

 

Los mismos robles viejos

A Ofe, mi lumía

 

 

 

¿A quién amo cuando estoy solo?

¿Cuando no amo?

¿A quién amo con mis ropas blancas

y muerto de miedo?

¿O cuando mi rostro

es el tiempo y mi culpa y un destino ya borrado?

¿A quién, cuando la nada me ha prometido

la certeza de un no-mañana?

¿Cuando mi esperanza de no ser sur

y alimentar gaviotas es devorada por azares

y en mis ojos los mismos robles viejos

son habitados sólo por la medianoche?

¿Quién me ama?

¿Quién, si he perdido el brillo en mis ojos

y la lluvia cae muerta

y mi expresión es una ciénaga?

¿En qué infinitas piernas

me encontraré,

agonizando en lo profundo

de una vieja destrucción?

Porque esa es mi realidad: la desgracia, la

autodestrucción.

 

 

 

Amarte lejos, mejor no amarte

 

 

Entrará el mar lentamente en tus venas,

droga, ave rapaz, suicidio lento…

 

 

Alfonso Costafreda

 

 

Dejo al humilde cuervo atardecer no tan lejos del árbol.

Dejo que mi miedo sondee insomne el ahogo

y se sacie hasta doler su sombra.

 

Los días son troncos a la puesta del sol.

 

 

 

XXI

 

 

Supe entonces que no podíamos tener el mismo cuerpo.

Aunque un violín adormeciera a un tigre,

no lo haría

con las moscas.

Preferías los albatros, las golondrinas sobrevolando al

alba de los llantos.

Desde entonces empecé a coleccionar hojas marchitas,

las más muertas.

 

 

 

De ti ni el fuego cansado

 

 

Cansado polvo, en el llanto te aborrezco.

¿A quién leeré si has muerto?

 

 

 

En una calle

 

 

Me encontraron en una calle

con una lluvia dentro de un libro.

Me encontraron en la calle

en una habitación en forma de libro.

 

 

 

VII

 

 

Abel,

mira cuántas ovejas y corderos

ha multiplicado el poeta.

 

Yo, Caín,

te pregunto:

¿recuerdas nuestro destino?

 

 

 

IX

 

 

Abel,

no hay gaviotas ni albatros…

grítales…

grita a las moscas que no sean distantes.

 

 

 

II

 

 

Crees que las telarañas

retendrán un tigre;

a otro pájaro con ese verso,

a otro poeta con esa hebra.

 

Mi dolor

no es una mariposa.

 

 

 

XXIV

 

 

Caes muerta como la lluvia,

pero hasta el más odiado sol

te levanta,

dándote asilo en tu antigua casa.

 

Caerán en el lago donde flotan pájaros muertos.

Hora de hojas de árbol en época de tormenta.

 

 

 

XIII

 

 

Mira cuánta agua muerta,

cuánta sal ahogada.

Del incesto de las olas nacerás

cuando acostadas,

una sobre otra,

finjan no ser hermanas.

 

 

 

Infierno blanco

 

 

Mi rostro es un bosque lejano

a él llegan pájaros…

y a través de la ventana de una torre

miro

por la sed

la misma sed de alba

como quien va en río o naciendo como árbol

como quien viene con rostro de hojas de un bosque

lejano

río va y río viene pronunciándose

en alucinaciones como único descanso o simplemente

fruto del horror de ser buscado

descubriendo el camino

de un día o de una noche

de cuervos zorzales…

cualquier espejo árbol agua o pájaro.

 

 

Un zorzal cantando sur

Viene

a pasar temporadas de sombra,

de piedra melodiosa,

sin decir un árbol, nada…

sin decirse pájaro, canta…

Él es su música, su temporada.

Abre las alas,

llora…

y no preguntes…

y no te lleves nada…

y no preguntes…

 

Reflejo de nunca

Soy vecino de mí mismo.

¿Por qué nunca podré decirles…?

¿Por qué nunca podré decirme…?

 

 

 

 

 

Habla la poesía

 

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3 comentarios en “Mi dolor no es una mariposa

  1. Creo urgente aclarar también que el supuesto “excelente buen humor” de este poeta no se contrapone a la “supuesta desidia” que el moderador menciona. Si así fuera, cabría pensar que su poesía finge dolor, odio y todas esas cosas. Yo apostaría más por lo contrario: su poesía es auténtica, y su “excelente buen humor”, no tanto. Salud por el poeta y por este blog!

  2. Giancarlo dijo:

    Felicito a todos por el espacio… me parece que hay diversidad de temas por lo que los escritores hondureños se pueden guiar. Una pregunta es cuánto cuesta publicar un libro en Honduras, ya sea de lo que sea.
    Claro está que el tiempo que se invierte en crearlo es impagable pero deseo saber eso para ver si me animo a publicar cosas y escritos que tengo tirados por allí y que yo llamo ‘letras de un aprendiz de escritor’.
    Saludos a todos y felicidades por Orbis.

  3. Óscar Sierra dijo:

    Esta poesía nos lleva a esos túneles inexorables de la verdad escondida en el alma humana, porque el poeta le canta al poeta en sí. Vale la pena hacer una valoracion de su obra ya que siento que está planteando nuevas cosas en el nivel semiótico, el manejo crucial de la figuras literarias evitando el estereotipo tan común en la nueva poética hondureña, el humor es una vértebra carnavalesca que degrada lo que está arriba, rompe jerarquías y descubre el caos del cual no nos podemos salvar; lo carnavalesco implica, según BATJIN, quitar moldes tradicionales y sustituirlos por lo trivial. La poética de CAMPOS está llena de pulcritud y fineza, aunque con ciertas adherencias de Jaime Sabines y Octavio Paz; su originalidad brolla en la infinitud de los argumentos existencialistas.

    Óscar Sierra
    oscarsierr@yahoo.es

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