Orbis

Una despedida a Roberto Castillo

Demás está decir que mi generación entró en el templo de la narrativa carmelo9.jpghondureña de la mano de Roberto Castillo. En las aulas del colegio, en el hervor de San Pedro, muchos descubrimos maravillados al Hombre que se comieron los papeles y sentimos -más que la ignorancia ambulante- el abandono y la nostalgia por lo indecible de El corneta. Más tarde, reclutados y confinados en las barracas, lo sentiríamos en carne propia y escribiríamos nuestros propios finales. Roberto es el ejemplo más claro de que una vida dedicada a las letras y al pensamiento solo pueden conducir al reconocimiento total de todo un país, más allá de las intimidades generacionales y de parentesco. Como esperan nuestros lectores, Orbis se rinde a la memoria de Roberto Castillo, su vida y su obra de enorme peso en la historia de la literatura y del pensamiento nacional. Los que lo conocieron y trataron, y aquellos que solo vimos de lejos su modesta e indeclinable gloria, sabemos que la obra de Roberto ahora verdaderamente comienza; sus palabras no se rinden ante la muerte y muchas, para nosotros, están por venir. Pastor Fasquelle se une al duelo con palabras exclusivas.

Rodolfo Pastor Fasquelle

A mí me resulta difícil despedirme de los muertos. Y me rehúso a hablar sobre los féretros, porque cuando se me hincha el alma de dolor amoroso, me pongo chillón e incoherente. El último día del año me tocó despedirme de micarmelo8.jpg admirado tío y padrino “El Ingeniero” Héctor Bueso A., héroe del desarrollo de occidente, victimario del último tigre que rondaba las montañas de Copán y víctima de unos estafadores extranjeros -por cuya perfidia incluso llegó a renegar de la Virgen del Cobre-, con quien viví algunos de los mejores meses de mi infancia y a quien, aún viejo y aunque no me ayudó nunca en la política, con mis cabellos emblanquecidos, saludaba yo juntando mis manos, como se nos enseñaba a los niños criollos a saludar a los padrinos. Un hombre cuya independencia, vitalidad y alegría, espíritu innovador y emprendedor, quedó de todas formas encarnado y bien recordado por su hija y mi prima Claudia, a quien abrazo aquí. Una vieja superstición dice que las almas de los difuntos permanecen con nosotros tres días y otra asegura que un muerto “nunca se va solo… que siempre se lleva a otro”, por despecho o por caridad. Esta vez fue por caridad.

Dos días después, en el primer día laborable del año, me llega la noticia a secas de que tengo que asistir al funeral de mi amigo y hermano Roberto Castillo, hondureño originario del occidente profundo, donde se había criado, de padre también salvadoreño como el de Roberto Sosa y el de Horacio Castellanos. Castillo, Premio Nacional de Literatura 1992, a quien en más de una ocasión recuerdo haber calificado (para irritación de amigos comunes menos generosos) como el mejor narrador del país, Maestro Emérito. Un hombre que, como decía él de Oquelí cuyas obras reseñaba con reverencia, “jampas ha creído que la verdad resida en él o en capilla alguna… sino que es una empresa a edificar, de la que nadie debe ser ajeno”. Genuino pensador igual que Ramón, a quien llamó, autorretratándose, “presencia viva y no un cuerpo de esquemas en conserva… lector voraz, hombre de ideas, abierto, sin prejuicios”. Atento a la razón. Pero de convicciones firmes, indispuesto al acomodo reptil.

Roberto se formó en Costa Rica como filósofo y enseñó esa materia muchos años en la UNAH antes de retirarse de ella (“abrumada -escribía Castillo- por una falta de claridad en todos los órdenes”) para dedicarse a su obra literaria y creadora. Durante años había dirigido con Augusto Serrano y Atanasio Herranz el suplemento literario La Palabra en el Tiempo, en Diario Tiempo, donde lo conocí y años después impulsó y participó en la aventura de la revista Umbrales. Participó también en el Instituto Rafael Heliodoro Valle, con la revista Paraninfo, que aunque sea en su honra deberíamos de reactivar los que hemos distanciado pero compartimos su amistad, sus entusiasmos y propósitos.

Después, Roberto optó por la literatura como vehículo de su mensaje personal. Primero con el género cuentístico, recuerdo “El corneta”, “Traficante de ángeles” (con eruditos pies de página inventados), algunos tan exitosos que se han convertido en cortometrajes. Después aspiró a la novela y se consagró con su penúltima obra “La guerra mortal de los sentidos” (Subirana, 2002), editada en El Salvador al mismo tiempo que en Honduras y que considero la obra de literatura más importante escrita en Honduras en el siglo XX. Al final regresó al ensayo, que es el género que compartimos. Una obra coherente, preocupada por desentrañar y enaltecer el más hondo sentido de nuestra cultura, nuestra costumbre y nuestra historia, para lo cual Roberto, más que dedicarse a pulir frases o sorprender con juegos de palabras, consagró muchas horas al estudio en el archivo y en la investigación de campo, a la reflexión sobre la cotidianidad del filósofo y sobre la memoria personal y colectiva de una geografía rebautizada: el Gual, alguna vez dije que era el Trifinio, hoy en manos de Elvin Santos.

No compartimos muchas veladas de bohemia porque, a diferencia de otros amigos y compañeros incluyendo a casi todos los mencionados aquí, ni él ni yo fuimos faranduleros ni amigos de francachelas, pero sí unas cervezas (porque no había buena chicha de guacal en la ciudad) y el cariño fraterno que induce la capilaridad del simposio, para hablar de las cosas que nos importaban y nos maravillaban y nos hacían reír y las que nos preocupaban y a ratos entristecían… “anudadas -dice Castillo- en torno a la frase de Guillén Zelaya sobre esa cosa triste que es Honduras”.

En su calidad de intelectual y ciudadano, además, Roberto Castillo cumplió tareas cívicas, no advertidas incluso por la mayoría de nuestros amigos, ya no digamos de la población en general. Cuando Manuel Zelaya, entonces candidato en gesto temerario, me confió la tarea de que preparara la versión final de su Plan de Gobierno titulado “El Poder Ciudadano”, algunas de cuyas promesas están pendientes, me rodeé de media docena de amigos y recluté a Roberto Castillo como editor final. Y él introdujo en ese plan la urgencia de impulsar la integración centroamericana y de construir, mediante una ciudadanía real, una convivencia social y política, más allá del sectarismo, que nos permita vivir en paz genuina. Eran unas cuantas frases, llenas de luz y nobleza, conmemorativas de las tesis de Oquelí, que imantaron el texto. Después coqueteó un tiempo (meses) con aceptar, pese a su mal sueldo, la dirección de la Biblioteca Nacional que han ejercido, en este gobierno, primero José A. Funes y ahora Eduardo Bähr. Pero me confió que se sentía enfermo y declinaba el ofrecimiento que agradecía y le parecía honroso.

Tal y como dice Luis que habría que hacerle una estatua al Ingeniero Bueso en Copan, hay que hacerle una estatua a Roberto Castillo, genuino héroe cultural, alma bella y noble, animosa y despejada de tinieblas, sin groserías ni afecciones, sin complejos ni miserias. Pero habría además que construir alrededor de esa estatua y de otra dedicada al maestro Oquelí, una institución de estudios superiores de las humanidades. Porque andan muchos por ahí pero ensimismados, sin la llaneza o el rigor que se requiere, asustadizos e inocentes faltos de estudio o de reflexión o de ambas cosas.

Anuncios
Estándar

3 comentarios en “Una despedida a Roberto Castillo

  1. Giancarlo dijo:

    Si pare usted, Felipe, Roberto Castillo fue un templo de la narrativa nacional y para el ministro Pastor le resulta difícil despedirse de los muertos… para mí es inconcebible que la prensa no se haya dado cuenta de su muerte si no hasta casi una semana después.

    La prensa se da cuenta de todo menos de la muerte del arte… eso es lo que puedo decir.

    Adiós, Roberto, todos disfrutamos sus escritos y de ellos aprendimos. En el cielo agrégale un par de versos a las escrituras sagradas, y aguarda a que llegue para volver a disfrutar eso que tu mano paría por antonomasia.

  2. Mardo Jiménez dijo:

    Luto por Roberto Castillo.
    Quiero expresar mi tristeza ante la pérdida del noble señor Roberto Castillo. Lo conocí por televisión y me impresionaron dos cosas de su persona: su humildad y su competencia académica. Envío mi sentida condolencia a su familia y al círculo intelectual que compartió con él.
    Del amor de Dios que hay en mi corazón, entrego este saludo.
    Mardo Jiménez,
    Naples, Florida

  3. Julio Antonio Bueso dijo:

    Conocí a Roberto Castillo en la Universidad Autónoma de Honduras. Él fue mi profesor de Filosofía. Curiosamente en febrero de 1975, esa fue mi primera clase a nivel superior, y esa fue la primera cátedra que él serviria en la UNAH. Nos hicimos amigos casi de inmediato y aunque no departíamos con frecuencia siempre teníamos conversaciones sobre libros y el tema de la integración centroamericana. En una ocasión, en 1983, me confesó su interés por la narrativa; un año más tarde ganaría el Premio Plural en México y entraría de lleno como uno de los mejores narradores de Honduras. Como filósofo, compartía conmigo la gran admiración por la tradicion intelectual de Occidente. Sin embargo, él estaba más intersado en las fundaciones de la filosofía griega, particularmente la obra de Platón. Por años he leído casi todos los clásicos y en fechas más recientes los trabajos de Arquímedes. La muerte de Roberto me sorprendió, así como la de Ramón Oquelí, a quien siempre he considerado el erudito más completo, legítimo sucesor de José del Valle. Con el licenciado Oquelí tuve una amistad muy profunda y lo considero como mi maestro sin haber nunca asistido a una de sus clases y conferencias. Aprendí de Oquelí por medio de sus libros y aprendí a amar su integridad y apego por la creación de un auténtico pensamiento hondureño y centroamericano. La partida de Oquelí no la he podido superar y lamento no haberlo visto una vez más. He leído algunas de las opiniones de Roberto sobre el licenciado Oquelí y coincido con él de manera absoluta en la dimensión colosal del pensamiento de Oquelí. La necesidad de una filosofia centroamericana basada en la realidad histórica y la naturaleza multi-étninca de la antropología centramericana es aun un proyecto urgente. La identidad de los pueblos centroamericanos no ha sido afianzada debido a las terribles tragedias históricas, comenzando por la muerte sumaria de Morazán en 1842, y los embates de las pugnas entre potencias. La precariedad del pensamiento auténtico y basado en nuestras realidades tuvo en hombres como Oquelí y Castillo Iraheta sus defensores más honestos. La política barata de Honduras, ni el poder militar, ni las pugnas pseudoideológicas en la UNAH nunca los hizo desviarse de su cometido por buscar la verdad. Es lamentable que Roberto Castillo se haya ido tan pronto. Ahora hay que esperar que su legado no quede en el ovido y que los que amen la verdad honren su memoria estudiando y trabajando para encontrar no solo nuestra identidad, sino la filosofia que explique la naturaleza del hombre centroamericano, su ubicacion en la historia y su paso luminoso a un futuro mejor.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s