Orbis

El poeta siempre se alimenta de su vida

A veces, para ampliar el espectro del mundo conocido, el poeta debe recorrer un valle de sombras entre un libro y otro. Cambiar de paisaje. Es el caso de Jorge Martínez. Los que leímos su primer libro, Papiro, publicado tras años de auténtica depuración verbal, sabemos de sus recursos expresivos y de su compromiso con una lírica intimista. Ahora, con esta muestra de su segundo libro, Las causas perdidas, tenemos la oportunidad de ponderar sobre los aciertos de su búsqueda, esta vez tratando de que los poemas en prosa (lejos del lujo o el candor de los versos sueltos) posean el vigor de las ideas y de la referencia anecdótica. Un poco más acá de los espacios oníricos y de los modelos sonoros de la sensualidad, Jorge Martínez celebra la vida concreta, el lado bohemio, las ideas suicidas, el perro de la casa, un espejo donde el reflejo de sí mismo es también víctima de su desolación. Veremos si al final, para acabar de una vez con el pasado, incinera su boina. Imágenes del chileno Rubén Fernández.

 

Un poeta, un escritor siempre se alimenta de su vida

Un poeta, un escritor siempre se alimenta de su vida, me dije hace veinte años, cuando llegué a presentarme comoruben6.jpg inventor de un libro que solo yo puedo vender. Me miré tan lúcido, sobrio y sabio, venido de una oficina limpia, de un campo florido, gentilhombre. Le ofrecí el libro Papiro a Jorge Martínez y él me ha visto con una alegría inocente, como si le hubieran entregado una clave divina. Me he autografiado el libro y me he dicho en la dedicatoria “A Jorge Martínez Mejía, quien soy yo hace veinte años, este legajo de poemas, para que no se olvide de su causa”.

También se alimenta de escepticismo, me respondí inesperadamente. Pero debes consagrarte a la zozobra, a la posibilidad de que ni yo mismo te lea. Y salí despacio, como otra parte mía que se va sin saber en la práctica cómo.

persiana gris

La espléndida rata besa mi persiana gris, mi tumba. Para mi orgullo murmuro una caricia, una lluvia que se alza mil veces maldita. Nadie vino a este sitio a saborear la cólera. Reclamo para la vida una hoja filosa, una línea trazada en sigilo por los siglos, una hoja filosa. Un canto a la esclusa me haría bien a esta hora hecha para la deformidad, para el lujo, para el vaho sinuoso de los poetas y los muertos. Una hoja filosa también, para el amor.

Desnuda otra vez

Tal vez ahora en la ola naranja, sin la huella nórdica, sin el nombre, sin la sombra, desnuda otra vez; miles de pájaros y jardines diminutos atraviesan un bosque. No será claro el deshielo, la terraza y el atuendo blanco sobre tus pasos. Alzabas una joya desde el suelo. Las hojas vecinas, la arena, el gigante amarillo cerrando un ojo a la noche, tu labio. Un dolor desde el tiránico esternón del sueño, las peregrinaciones hacia el mar. Y hoy dulcemente me desdicho a tu hora.

 

Un zapatazo en el pecho

En la boca un susurro tibio antes del beso, un cielo ocre con orla y árboles para volver a besarte. Y te escuchaba cerca, también lejos, pero cerca. Me iba en mi zapato con agujero ideal, negro. Y sobre el muro, para sentirte, desgranaba un verso de Becket, un zapatazo en el pecho, un timochenko. En medio de las sombras rimaba tu nombre, riéndome, muerta para mí.

 

Solo es alta mi voz, no la poesía

Una noche sin odio. Una noche, la luciérnaga y su furia en un rosal debajo de las hojas. Tu nombre tal vez bajo un prado dibujando una ardilla verde, una niña de rizos. Este hombre, me habrías dicho, tiene un dominio en mis ojos negros, germanos y tristes; este hombre, me habrías dicho, noble sobre una terraza gris, me llevó de la mano.

Sin voz te canto contra mí, y solo es alta mi voz, no la poesía.

 

Otra lápida de olvido

Hoy, turbio y último en despertar en mi honda tumba reforzada con doble lápida sin epitafio, me he acodado frente a ustedes con el enorme miedo subterráneo. A una distancia idiota me han visto registrar la caja de cartón que arrastraba uno de mis hijos. Sin interés la he visto, está vacía. En derredor, en el monstruoso fango del viejo cuchitril, mi hijo me ha juzgado, échate en ella- me ha dicho- quizás el abismo verde te viene bien, o el fango negro. No te ilumines, la noche viene desde el rincón oscuro de la bóveda. Cuida de que en tu cloaca, en tu salón sin fin, se acomode el silencio y tus pequeñas bolas de periódico. En ti pondremos otra lápida de olvido.

 

El mecenas de los poetas ebrios

Me dispensé la literatura como un ladrón de la comedia humana. Hurté la ciencia y el mal en un magnífico volumen, durante una noche que tropecé con la cabeza de un viejo parecido a Baudelaire. Escribí mi primer Góngora a la orilla de un pueblo de mineros donde los niños nos hicimos hombres a los catorce años. Fui el mejor bebedor, el mecenas de los poetas ebrios, de los fumadores de marihuana. Una mujer me besó en la calle de los burdeles para asombro de la muchedumbre. Estuve encerrado en una prisión antigua y los reos me elevaron en hombros gritando mi libertad. He vivido sin retirarme y sin renunciar a mi nombre ni a mi causa. Un día volveré desde el fondo de mi tumba para tomar mi puesto.

 

Los fogoneros

Ninguna rosa se abre ni repica campana alguna en este lugar. Me reúno con los fogoneros que hablan de gobernar esta ciudad atestada de ratas. Cuando un mendigo se me acerca, como un amigo le doy algo de dinero, mientras el erario de todos se hunde en el fango del coñac, entre bebedores de frac y monstruos suavemente retocados para no espantarse a sí mismos.

Es agradable cuando me hundo en la almohada, con alguna esperanza de recibir un manotazo de aire fresco que amortigüe el inexorable mañana.

 

 

En el aire solo

queda tu nombre

Con la velocidad de un trueno el cielo se nubla y se lleva mi aliento antes de que muera el día.

Es tan rápido cuando sucede, solo un aturdimiento de mi memoria me avisa que debo correr o quedarme en un sitio donde el agua no golpee, mirando fijamente el cielo o las manchas oscuras sobre el asfalto cuando las primeras gotas de agua apacibles chocan hirientes. Cuando espero, me acuerdo de tus ojos nórdicos y me preguntó por qué y apenas me doy cuenta. Hago una pausa, miro al cielo gris, oscurecido de pronto, y otra vez tus ojos como las gotas de agua. Aquí es cuando apareces en mis ojos, mirando y esperando. Las gotas de agua se hacen pocas, desaparecen y vuelve el cielo a ser azul y en el aire solo queda tu nombre.

 

Por eso este veneno

Poco tiempo tengo ya para decidirme -dije- para buscar el sitio donde ha de quedar mi cuerpo inerte. Ya he muerto, saboreando el hambre en las panaderías, hilvanando fécula por fécula el grano de mi muerte. Yo no he imaginado los trigales al morder el pan, y alguien hizo el milagro de convertir mi pan en piedra. ¿Cómo podré entonces decirles a todos que mi muerte es el último rito de mi muerte y la última queja de mi vida? ¿Cómo hacerles ver a mis asesinos que mis manos tibias o heladas alimentarán a los pájaros en cada amanecer? Y bien, si he de morir fulminado en cualquier esquina, más de alguna mosca habrá de posarse en mis labios, tomar mi canto y llevarlo a los basurales en donde, sin duda alguna, mis hermanos no dedicarán minutos de silencio en mi memoria. Sus párpados se cerrarán dejando fuera las lágrimas dolidas. Y todos juntos y en silencio, le pondrán punto final a este poema

¡Oh, qué bello! Gritó una voz fofa en el fondo. ¡Hurra!, dijo otro, ¡Qué bien por el poeta! Hoy sí tenemos poeta, es la esperanza. Es nuestro Neruda -dijo alguien por vez primera.

Tengo más de veinte años de recordar esta glamorosa estupidez, esta locura. Yo antes tan digno e inocente con mis saltos de corazón, con mi propia boina gris, más que poesía, menos estupidez es lo que quería.

Y nunca, en mi santísima ebriedad, incluso, en medio de la más inaudita tormenta en que he dado contra los bordes oscilantes de las calles, en compañía de mis célebres filósofos, he roto la promesa.

Por eso este veneno y la sangre con que escribo.

 

Todo pierde la sombra

Al mediodía todo pierde la sombra. Cuando la ciudad se derrite se sufre demasiado. Los transeúntes raras veces mojan sus labios con agua, sólo sufren. Y sin embargo por la tarde, cuando el sol se sienta tras la montaña, una especie de calma gris anuncia que poco o nada se hizo para vivir de veras.

 

Una vez

Como si un invierno pudiera llegar un día, los árboles estériles se desesperan por echarse antes de que el sol se desvanezca.

Pero una vez perseguí un paisaje solitario. Y no era el invierno, y sin embargo llovía.

No era perceptible el cambio a la vista, no era invierno. Una luz tenue hubiese bastado para terminar con el paisaje.

No importa la tristeza gris de la tarde, lo que importa es que un paisaje puede morir con una gota de sol.

Por favor, no te pongas hábil como una ventana de cielo estúpidamente azul.

 

En la linde el musgo negro

En la linde el musgo negro se diluvia en pequeñas olas y crestas erguidas de sombra. Dime el nombre que me habías preparado para cuando la escoria llegara, para el palacio tirado en mi tazón de poemas. Ya no hay forma feroz en mi canto, ni ídolos insolentes me asisten ahora que no amo. Mi más hermoso poema es un sitio que dejé hace mucho tiempo, un jardincillo de helechos. El olor de las hojas pardas se avecina, y no hay en mi boca una palabra o un beso.

 

La pobreza y yo nos vimos directamente a los ojos

He ido a San Antonio de Cortés sin un céntimo, más pobre que nunca, y milagrosamente he llegado. El hedor y el ruido de la ciudad se pierden al subir la montaña. Es más verde el pequeño bosque o la mañana, pero los hombres envejecieron demasiado pronto. Aquí la pobreza y yo nos vimos directamente a los ojos, y con extremo cinismo le vendí un libro Papiro para poder regresarme.

 

Los añicos de la historia

Resumir el desorden actual, abrazar un poco de papeles blancos lanzados desde un aeroplano; no es fácil, en medio de ideas que vienen y van sin orden ni sistema. En el pliegue de las palabras, ninguna mano se levanta para llamarle rosa a la rosa. Hay que estar dentro para sentir la palabra. Tocar sus bordes, caminar al filo de sus límites. Hay que romper la torpe reflexión, partir el silencio de la absurda filosofía de la repetición. No es muerte al lenguaje, sino a la memoria hipnótica de las ideas y su caótico ir y venir. Vernos en Laplace, en sus líneas geométricas; en Kant, saliendo de esas líneas en busca de una esfera sin centro; en Niestzche, matándose para nacer muerto, como Dios. Y el hombre se precipita al vacío y es el papelillo blanco de las palabras muertas. Nadie nos abraza al caer. Nadie recoge el silencio, los añicos de la historia.

 

Nada dice nada

Nada arde, nada es ruidoso, nada es tranquilo, nada es lo que pienso y lo que no pienso y nada dice nada.

Alguna vez el agujero de mi corazón dirá de una vez por todas que sólo es vacío. Y muy a mi pesar me compadeceré por el intento de pensar que era algo.

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