La Comunidad del Idioma

Prodigios de la lectura silenciosa

 

A nosotros, acostumbrados a vivir vidas solitarias en medio de ciudades atestadas de gente, nos fue michael-parkes9.jpgconcedido el privilegio de ser, también, parte de una de las sociedades mejor informadas de todos los tiempos.

Paradoja extraña y perversa, la de poseer vastedades de conocimientos y ser los individuos menos comunicativos y gregarios de la historia humana. La de poseer imponentes condominios donde todos se esfuerzan en ignorar al vecino y donde abordar a una persona en la calle es signo de una violencia incomprensible, porque así se afirma la cortesía.

Incluso nuestra época permite que miles de individuos participen de una misma historia aislados unos de otros, sin conocerse ni reconocerse en la calle, a fuerza de lo que hemos dado en llamar lectura silenciosa.

Es increíble e inexplorada la manera en que esta facultad ha modificado la sociedad. San Agustín describe así, con asombro y sagrado respeto, a Ambrosio, un monje que leía en silencio: “Cuando leía, sus ojos corrían a lo largo de la página y su mente percibía el sentido, mas la lengua y la voz se quedaban inmóviles. A menudo, hallándonos allí – cualquiera podía entrar, pues no se solía anunciar la llegada de un visitante – lo observábamos mientras leía, en silencio, nunca de otra forma, y, tras quedarnos sentados -¿quién se atrevería a turbar una concentración tan intensa? -, íbamos conjeturando que, en ese rato de tiempo en el que conseguía dedicarse a relajar su mente, libre por fin del ruido de los problemas ajenos, no querría ser distraído ni explicar a un oyente atento e interesado ningún pasaje oscuro del texto que estaba leyendo, ni discutir sobre una cuestión particularmente difícil, acabando por perder, de tal modo, una parte del tiempo destinado a la lectura, a pesar de que resultara mucho más probable que hubiese empleado este tipo de lectura silenciosa para ahorrar la voz, que se le debilitaba con gran facilidad. No importaba la razón por la que lo hiciera: para un hombre así, no podía ser sino buena” (Confesiones).

Lo que asombró a San Agustín es algo común para nosotros ahora, ver a una persona leyendo en silencio. Ya no se necesita leer en un recinto libre de interrupciones; hemos aprendido a leer en los buses, en los trenes, en los taxis y últimamente leemos en la computadora.

También es cierto que eso nos ha convertido en ínsulas que muchas veces no encuentran fuera de sí puntos de intercambio o interacción. Pocos son los que son absorbidos por clubes, tertulias, cafés o conversatorios habituales, y cada vez es mayor el sentido de la soledad, especialmente de los creadores del mismo conocimiento: científicos, artistas, investigadores. El mismo San Agustín se asombraría de ver a millones de Ambrosios leyendo un texto sin siquiera mover los labios, devorando páginas y páginas por instante y quedando después completamente satisfecho con el sentido.

Piense usted por un momento en que esta sociedad es posible gracias a los signos de puntuación.

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