Orbis

Un cuento exclusivo de Roger Van de Velde

Un lujo

La obra de Roger Van de Velde -cuya muerte desató una revuelta social de grandes prbaez1.jpgoporciones en Bélgica- empieza a ser reconocida en Europa y el mundo. A través del amigo de estas páginas, Salvador Madrid, que anda por esas tierras, el traductor Fons Lanslot  nos hace llegar este breve cuento que refleja la maestría de Van de Velde. Detrás de los ejercicios musicales de este personaje está la imagen del autor, agazapada y humillada, testigo obligado de estas terapias, encerrado injustamente diez años en centros psiquiátricos. Y detrás de este cuento está la sombra de los grandes narradores, con Chejov por delante. El cuento es parte de la colección Los cráneos crepitantes. Por primera vez en español y exclusivo para los lectores de Orbis.

TROMPETA

Traducción de Fons Lanslots

Nunca había escuchado a nadie tocar la trompeta como a Honoré.  A decir verdad, lo que hacía no era tocar, era gemir y llorar y lamentarse y casi blasfemar en su trompeta. Tonos mugidos, muy prolongados, sin acordes, tan horribles, estridentes y falsos que a veces el sonido cortaba hasta la punta de las uñas. La lamentación de Orfeo, después de la pérdida de Eurídice, no pudo haber sonado más melancólica.

Esa trompeta fue una idea del doctor Poulard. Hojeando el expediente descubrió que Honoré, antes de ser internado en el asilo, había tocado la trompeta. El doctor Poulard lo creía un sujeto interesante. Era de la opinión, bastante difundida entre psiquiatras, que un talento creativo, que se había manifestado durante la juventud y que por una u otra razón se truncó, debe ser estimulado de nuevo, con paciencia y, en caso de necesidad, con suave apremio, porque de esa manera, al menos según los psiquiatras, se descarga la ansiedad. Quien ha pintado alguna vez tiene que pintar de nuevo, a pesar de que ya esté harto de la pintura. Quien en su tiempo  libre hizo música, pero poco a poco se dio cuenta de que hacer muebles le deja más dinero, tiene que regresar a la negada Polyhymnia. Se podría considerar un milagro que el doctor Poulard nunca me hubiera convencido que debía escribir. Tal vez no supiera que en mi juventud me atreví a hacer poemas de amor.

Después de alguna búsqueda en el desván de su casa, un guardia encontró un instrumento amarillo cobre, no usado en años. Era algo entre una corneta y un pistón, que por mayor comodidad lo llamaron “trompeta” y con insistencia suplicaron a Honoré que expulsara su ansiedad soplando en ella. De día le designaban un lugar aislado en el comedor y esperaban con curiosidad saber el resultado del experimento.

El experimento era interesante, sobre todo porque desde su admisión en el asilo, Honoré se había encerrado en un silencio hermético. A sus órganos del habla y del oído no les faltaba nada, pero por una razón que sólo él sabía, si es que acaso hubiera una razón, rechazaba con firmeza toda forma de diálogo. ¿Era este silencio, amenazante e impenetrable, la expresión de su resistencia? O quizás no pasaba nada por su cabeza que valiera la pena mencionar.

Considerando esta apatía, el doctor Poulard juzgaba ya un signo favorable el hecho de que Honoré estuviera dispuesto a soplar la trompeta, aunque todo ese soplo no tuviera nada que ver con la música, ni se notara en él relajación alguna después de los primeros ensayos.

– ¡Sigue! -dijo el doctor Poulard-, vamos por buen camino.

Durante una larga semana, Honoré martirizaba al instrumento en el comedor. Los tonos bajos eran aún soportables, a veces sonaba como si pasara un buque de vapor; los tonos altos, estridentes, nos causaban espasmos y a los guardias les provocaban un fuerte dolor de cabeza. Si era cierto que Honoré descargaba su ansiedad, la tensión en la inquieta sala se volvía cada minuto más pesada. Hasta los pájaros asustados ya no llegaban al jardín.

Al doctor Poulard le parecía raro y un poco frustrante que después de una semana no hubiera salido de la trompeta ni un sonido civilizado.

-Sin embargo -dijo- está clarísimo en su expediente: “su tío y su cuñada declaran que toca la trompeta”.

Entonces, como un chispazo, el guardia recordó que en algunas regiones de Valonia, y más concretamente en Borinage, de donde era Honoré, de vez en cuando suele decirse del tonto: “que toca la trompeta”.

Para el doctor Poulard todo esto era un chiste delicioso y el guardia, bien educado, reía con él de manera efusiva.

Absolument fantastique! -exclamó el doctor Poulard.

Se dirigió al comedor donde Honoré soplaba con empeño en su rincón y le dio unas palmaditas amistosas en la espalda al paciente. Entonces, de repente, le arrebató el instrumento y con un giro violento, lo arrojó por la sala, con la esperanza de que eso provocara alguna reacción.

Tampoco esta vez su esperanza se cumplió. Honoré miraba sorprendido y silencioso desde sus manos vacías hasta el guardia y desde el guardia hasta el doctor Poulard, como un animal enfermo que no puede decir dónde le duele.

Roger Van de Velde

Nació el 13 de febrero de 1925 en el seno de una familia burguesa de Boom, Bélgica. A sus treinta años sufrió de una enfermedad y después de tres operaciones los médicos le recetaron Palfium, un analgésico que le causó adicción, seguido con el consumo de alcohol. En 1961 se enfrentó a la justicia por falsificar prescripciones médicas y así empezó una época de recaídas y recuperaciones, de condenas y libertades preventivas. Durante los últimos diez años de su vida, estuvo encerrado seis años por su adicción. De ese trato con psiquiatras, de la dureza del ambiente en los centros de tratamiento para personas con problemas mentales y del continuo experimento de los doctores con sus pacientes salió su Recht op Antwoord (Derecho de réplica) una relación entre psiquiatría y justicia que daría mucho de qué hablar y tuvo como consecuencia la solidaridad y la atención de muchísimas personas y de intelectuales belgas y holandeses que trataron de que su caso se remitiera a un hospital de toxicomanía en Ámsterdam. Antes de ser internado, el sábado 30 de mayo de 1970, a las siete de la noche, Roger Van de Velde murió en un bar del centro de Antwerpen; se le encontró un cartucho de Palfium del que faltaban nueve pastillas.

Su tumba está situada en el Parque de los Hombres Ilustres de Antwerpen; su mayor obra de cuentos, Los cráneos crepitantes, es una vuelta sensible a aquellos días duros en el encierro y también una necesidad por acercarse al sufrimiento del otro, especialmente al dolor del hombre común. En ella no hay un dejo lastimero, sino una sutil ironía sobre aquello que las instituciones y la ciencia pregonan como verdad, como solución, pero que puede tener una doble cara o se perfeccionan con el daño o el olvido como sucedió con mucha teoría psiquiátrica, tan irrisoria y medieval en pleno siglo de avances científicos.

Fons Lanslot

Nació en Hoogstraten, Bélgica, en 1954, ha traducido del español al holandés La vida de María Sabina de Álvaro Estrada, Tocar el alba de Julio Ramírez, El origen del sol, la luna y las estrellas según la mitología triqui de Ricardo Martel y Los belgas en Tacámbaro de Eduardo Ruiz. Del idioma holandés al español traduce actualmente la obra completa de Roger de Van de Velde y escribe textos y hace exposiciones sobre los Situacionistas y Letristas. Trabaja su novela Sembrar árboles en concreto, sobre su experiencia como ambientalista en Oaxaca, México.

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