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Hombre lento, un libro de J. M. Coetzee

slowmanEn muchas de sus obras, J. M. Coetzee -escritor nacido en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, en 1940- se define como un escritor con una misión. En Infancia se queja de ser él a quien le han dado la obligación de contar las historias de la gente (“y si él no los recuerda, ¿quién lo hará?”, es la última frase del libro); en el ensayo La cámara oscura dice que el escritor debe imaginar en la puerta lo que sucede en las celdas de tortura, jamás entrar. En la novela Elizabeth Costello, la escritora, su alter ego, refiere que su trabajo es escuchar las voces de seres que despiertan después de mucho tiempo dormidos. La imagen es esta: en Australia existe una especie de ranas que cuando la lluvia cesa y la tierra se seca quedan enterradas mucho tiempo, como cinco años, hasta que vuelve a llover; entonces despiertan y cantan debajo de la tierra, y luego mueren.

Así, advertidos, tenemos una idea de los personajes que vamos a encontrar en sus libros, un anciano que pierde su puesto, una enferma terminal, un náufrago, un viejo escritor que viaja larga distancia a recoger los papeles de su hijo suicida. Gente que despierta en el umbral de la muerte. En su último libro, Hombre lento (Mondadori, México, 2006), el desdichado personaje es un anciano fotógrafo, Paul Rayment, que en el primer párrafo es atropellado y pierde la conciencia, y en el segundo capítulo ya no tiene una pierna y está listo para ser el protagonista de 260 páginas de angustiantes preguntas y situaciones desesperadas.

La vida de Rayment es lenta y llena de preguntas, igual que la escritura de Coetzee, reposada, inquisidora. Con poco por vivir, Rayment, como los otros personajes de este narrador, buscan algo a qué aferrarse mientras llega el momento, y lo que tienen a mano, en su caso, es una robusta enfermera croata. Rayment tiene una necesidad de lo inmediato y ese entorno, ajeno y hostil, suele rechazarlo. Los vínculos con el mundo están en el pasado, es su terraje donde ha dormido largo tiempo hasta que, como las ranas de la metáfora, es tocado de nuevo por la vida, esa lluvia que llega en la forma de las manos de la enfermera Marijana.

La misión de Coetzee está relacionada con el destino del personaje; no hay consideraciones al lector. Aquí el lector vuelve a estar en el mismo sitio donde estaba a finales del siglo XIX, fuera del ruedo, en las extensas graderías o detrás del cristal desde donde observa la delicada operación quirúrgica del narrador. Al igual que un hombre delante de la puerta de la cámara de tortura, sin entrar, así nos deja.

Para completar la poética de su obra, Coetzee dice que el escritor es escogido para realizar una obra, para contar una historia; no es al contrario, no es él quien elige sus personajes y sus historias. En un momento de Hombre lento, la escritora Elizabeth Costello toca la puerta del apartamento de Paul Rayment y decide quedarse ahí hasta que todo acabe. Rayment reacciona molesto y le conmina a marcharse porque él, como ve, es un hombre disminuido, sin una pierna, que no llena las expectativas para ser el personaje de una novela. La escritora le dice: “Usted vino a mí, eso es lo único que puedo decir. Usted me ocurrió a mí”. Así, como espectadores, asistimos al encuentro entre narrador y personaje, teniendo claro que el narrador no sabe para dónde ir, va detrás del personaje, siguiendo o imaginando sus intuiciones. Para Coetzee escribir es enviar una palabra a la oscuridad, a ver qué vuelve; es acercar el oído a la puerta de la cámara de tortura para ver qué nos dicen las voces desde el interior, una voz que viene de las sombras.

Con esa misma dificultad marchamos detrás de él.

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Un comentario en “Hombre lento, un libro de J. M. Coetzee

  1. Algo curioso e interesante de Coetzee en sus últimas novelas es quizá esa “irreverencia” de incorporar a la trama un elemento extraño. En el caso de Hombre lento, con la llegada -aparentemente injustificada- de Elizabeth Costello a la puerta del protagonista, y en el caso de la novela Diario de un mal año -éste sí su último libro (Mondadori, 2007)- con una escritura en tres niveles: uno eminentemente ensayístico, en donde Coetzee presta su voz a un personaje sesentón, escritor y casi con sus mismas señas, y los dos restantes, narrativos: el primero en torno a la vida de este personaje y los días en los que escribe los ensayos que leemos en el primer nivel de lectura, y el segunto en torno al personaje de Anya, quien se encarga de mecanografiar los textos del escritor. Así, vamos leyendo, en cada página y separados por una línea, los tres pisos de ese excelente edificio que el Nobel sudafricano nos presenta como ficción pero que también es ensayo y muchas otras cosas.

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