Orbis

Un diálogo impostergable con el espectador: Anarella Vélez

_mg_50741Nadie ignora que los espacios de exhibición de la plástica nacional han sufrido cataclismos en los últimos tiempos; la fisura telúrica se ha generado en el lenguaje de los jóvenes creadores, que han preferido el menos comercial y más provocador y volátil género de las instalaciones, aparte de que la lista de pintores consagrados deja poco margen para nuevos nombres. En esta búsqueda de formas novedosas, muchos artistas se han encontrado una cadena rota en sus eslabones más sensibles: la falta de museos dedicados a la experimentación y la falta de un público alfabeto de estos nuevos lenguajes. ¿Qué tan cierto es que no hay espectadores para estas nuevas obras?, ¿qué tan ajeno es el lector de estas páginas a estas nuevas propuestas? En este breve recorrido, la doctora en Historia del Arte, Anarella Vélez, abre el telón para presentarnos uno de los jóvenes artistas de la plástica nacional, Leonardo González, y su entorno generacional. Un recuento de los esfuerzos de una voz en un coro que grita por hacerse oír. Y ya que para muchos el discurso plástico de González y otros es incomprensible, quizá la crónica de su búsqueda y la sustancia social de sus propuestas sea el punto de partida de un diálogo que ya ha sido demasiado tiempo postergado.

Leonardo González o la búsqueda de una voz en el arte contemporáneo

Anarella Vélez

Leonardo González (Tegucigalpa, 1982), joven creador hondureño, afronta con honestidad y concentrada potencia su vocación. Reconoce que el medio familiar contribuyó a forjar en él una actitud de identificación con el arte, la reflexión y de revalorización del trabajo intelectual desde una visión crítica de la misma y a la vez amplia de miras. Asimismo, rescata su experiencia académica en la Escuela Nacional de Bellas Artes que contribuyó a su encuentro con los temas que lo apasionan y que le han llevado de la pasión a la fascinación por la figura humana. Ha continuado su educación en fotografía y artes gráficas.

Si bien Leonardo ha explorado todos los medios para crear su obra -entre ellos la pintura, el dibujo, la fotografía y el video-, en esta ocasión quiero referirme particularmente a su participación en instalaciones como arte objeto de intervención en el espacio urbano. Estamos frente a un artista que desarrolla su trabajo usando diversos materiales para modificar la manera en que se experimenta un espacio en particular. Estos materiales son multidinámicos (video, fotografía, sonido, objetos, luces, etc.) y ello lo ha animado a explorar permanentemente recursos de origen orgánico o inorgánico.

La instalación representa un tipo diferenciado de hacer arte contemporáneo. Inicialmente fue un recurso para designar el proceso de colocación de las obras en el marco de las galerías de arte. En el arte de instalación, los elementos individuales, dispuestos dentro de un espacio dado, pueden verse como una obra única y, a menudo, han sido diseñados para una galería en particular. Estas obras se consideran “específicas de un lugar”, y no pueden ser reconstruidas en ningún otro: el marco, o mejor dicho, el entorno forma parte de la obra en la misma medida que las cosas que contiene. Se trata de transformar el espacio en diverso grado, mientras el visitante descubre las narrativas personales, las más novedosas configuraciones sociales interpretadas por el artista o los mitos del creador. En la instalación se da libertad a la audiencia para explorar las asociaciones creativas entre objetos ignorados tradicionalmente en el mundo de hoy, sin duda un sugestivo recurso que permite una interacción entre la pieza y el espectador mismo.

González reconoce el legado de los primeros artistas de la instalación, y sus influencias se remontan a la época de Marcel Duchamp, quien inició la intervención de los objetos de uso cotidiano re-significándolos y proporcionándoles un contexto que los convierte en obra artística. Este se vincula con el arte conceptual, que aparece a finales de la década de los 50 y comienzos de la de los 60. Las instalaciones son con frecuencia temporales, y, debido a que a menudo son invendibles, la mayoría de ellas son permanentes y en todo caso se crean específicamente para grandes colecciones particulares.

Estas son las aguas en las que se mueve este creador.

En este contexto estético -en los últimos meses ha estado más dedicado a la pintura y el dibujo- González trasciende, a través de su propuesta estética, hacia otros aspectos de la realidad y la cultura contemporánea. Su obra ha venido erigiéndose en una creciente requisitoria de los valores y lo que él denomina “la crisis de la cultura tradicional”. No elude, pues, la responsabilidad como intelectual para generar un diálogo necesario e impostergable con el nuevo espectador, ya que es el espectador el que instala su opinión subjetiva mediante su experiencia única con la instalación, en cuanto que “juez y parte” del mismo objeto del arte.

En este camino emprendido por Leonardo lo han acompañado otros jóvenes creadores hondureños: Adán Vallecillo, Byron Mejía, Ernesto Rodezno, Alejandro Durón, Fernando Cortés y Johanna Montero. En íntima colaboración han ilustrado la sociedad urbana y han criticado la falta de comunicación social, la falta de solidaridad y la deshumanización de las mismas relaciones sociales. Han desarrollado propuestas que conllevan una ruptura con la producción del arte convencional redefiniendo el paisaje ortodoxo e interviniéndolo en aquello a su particular plasmación visual. Su participación en Proyecto Artería, Espacios Emergentes para el Arte Contemporáneo, creado en 1999 con el propósito de integrar el intercambio, la producción y promoción artística para creadores menores de 30 años, estuvieron estrechamente relacionados con el CAV (Centro de Artes Visuales Contemporáneo) y Mujeres en las Artes, con quienes desarrollaron proyectos conjuntos. Artería presentó una serie de propuestas renovadoras y en las que se cuestionaron las reglas del mercado artístico.

Ante la casi inexistente infraestructura museística, González impulsa una iniciativa alternativa -junto con su compañero Adán Vallecillo-, creando un espacio para instalaciones en una vivienda de la colonia Villa Olímpica: La Cuartería. Esta nace con carácter abierto y plural, lo que les permite, para citar un ejemplo, organizar exposiciones de arte y presentaciones de grupos musicales. También tienen a su cargo una revista cultural, La Zaranda, y reivindican formas no tradicionales de expresión, que en el pasado se consideraron como arte degenerado. La lectura de estas obras -su comprensión, ante todo- es garantía de la creatividad del propio espectador.

Por esos años participa en la Antología de las Artes Plásticas y Visuales de Honduras donde destaca por su temperamento coherente con el temple de su estilo. En ese espacio expuso “Campo de frijoles”, instalación en la que usa este grano emblemático de la dieta popular, con inscripciones en cada uno ellos, de los nombres de las personas que han muerto tratando de cruzar la frontera entre Estados Unidos y México. Los frijoles fueron introducidos, paciente y meticulosamente, en tubos de cristal.

Sin duda alguna estamos ante una de las voces más sólidas y arriesgadas de la plástica hondureña del siglo XXI. La clave de su trayectoria es la insatisfacción crónica, la deliberada exigencia de su permanente evolución hacia un lenguaje estético bien diferenciado, un lugar de refugio, un estilo de vida y filosofía personal.

Abril, 2008

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