Orbis

Otra es mi manera de morir: Salvador Madrid

Construcción del personajebargnia2

Luego de un silencio significativo después de su primer libro, Visión de las cenizas, Salvador Madrid ha decidido mostrar estos trabajos en exclusiva para el deleite riguroso de los lectores de Orbis. Hay, detrás de estos poemas, la construcción de un personaje que habla consigo mismo en busca de respuestas, la afirmación adánica del poeta como primer hombre que dictamina el mundo, la imperiosa lectura espiritual en las cosas simples, que nunca han sido inocentes y a las que quiere exorcizar. Poemas de largo aliento, voz atemperada, quizá se arriesga demasiado al discurrir solitaria y ajena, lejos del humor y del calor cotidiano. La invitación es también para acercarse a la plástica del cubano Ernesto Miguel Blanco Sanciprián.

SALVADOR MADRID

Nació en Naranjito Santa Bárbara, el 7 de mayo de 1978. Ha publicado el libro de poesía Visión de las Cenizas y la antología de poesía hondureña La hora siguiente. Actualmente es coordinador de Paíspoesible.

Tempo

Supe que mucho debía perder para buscar lo querido,

por eso lo mío no es la época,

ni lo que multiplica la creencia.

No hay una ensoñación humeando en las calles que pisé,

ni me acosa el fantasma de las flores cortadas.

Lo mío es lo propio, lo real ardiendo entre mis átomos.

El desinterés que me sostiene

es llamado desinterés y no manera de ser,

ni filosofía personal.

Si de todos es la vida a todos he devorado,

si mío es el mundo a todos lo di.

Ya dije que no es filosofía sino ejercicio de respiración.

No creo ser un elegido,

creo que fui un bello ladrón cerca del montículo de los dones.

En el verano me detengo junto al polvo,

en el invierno me quedo a mirar la astucia

de quien pasa humedecido por el color gris.

La edad es una caída cuyo límite se agota en quien la evoca,

por eso mi orilla es palpable y no se enciende

para alumbrar el ruido que la eternidad deshace

y deja al alcance de los otros

para que jueguen a ser los malabaristas de la historia.

Se pensará en mi soberbia, la tengo

mientras sea un hacha o una piedra

o una bala de plata

que recuerde a otros que estos despojos son míos

y que es rancia la estrella que junto a mí se apaga

y que al oro no debe el brillo con que me hiere.

Y si de mi fuerza se trata, en verdad no es importante,

porque alcanza para sostenerme en píe

y no para detener las hojas que se arremolinan junto a los relojes.

A esta edad aún abro las ventanas, aún me veo en los espejos,

aún nada espero. Todo lo tengo porque todo lo he perdido.

Si entre lo mío y el tiempo deben elegir,

no digan palabra en mi presencia,

pues desde antes de verme a los ojos

su decisión fue tomada.

Nada diré de otras cosas. Lo mío ardió suficiente

antes de aquella edad en que nada había perdido

cuando era probable

que pensara en la miel de los árboles solitarios,

hoy, es otra mi manera de morir.

Que a nadie moleste el agujero que dejo

en la transparencia que habité ocasionalmente.

A deshora

Tengo la fortuna de habitar mi vida. Nada más.

Y así me veo, insomne y recordándome,

urgido por la desidia como un señuelo que no sabe del pez,

del agua y de la paciencia.

Es mío el instante y no corrijo ningún pensamiento,

ni me frustra la nulidad con que vivo, ni me satisface.

Vivir supone poseer algo, yo he preferido no tener nada,

no estar ahí donde todos quieren

porque nada podría cambiar a fuerza de adjetivos.

Los caminos en los que me descubro

serían igual de polvorientos sin mis pasos.

El árbol que en el verano pare las flores amarillas

no sabe que le amo;

y la piedra y una mujer que me espera

tampoco saben que es casualidad la luz que nos ha palpado.

Se podría decir que escondo una sonrisa

porque no depende de mis palabras

el sol esparcido en las plazas,

yo no podría dosificar la iluminación que todos aspiran.

Administro mi nada sin prisas y sin mutarme

cuando ardo en la anarquía

o me solapo en alguna fe perdida.

Incluso, escribo todo esto porque no quiero hacerlo,

porque no importa y no tengo nada más que hacer

mientras maduran los relámpagos

en las horas últimas del mes de abril.

La ventana que he abierto de mi casa

no es una acción preñada de algún símbolo,

tiene que ver con el calor de este día.

Afuera no hay un laberinto, sino ruido; adentro,

un imperio que puedo destruir con un bostezo.

Dialéctica

Y está el hombre joven frente al hombre viejo de mi tierra.

Y el hombre joven ve que la única ventana

a la que puede aspirar en su vida

es el agujero en el pecho del hombre viejo.

Y porque así es el tiempo,

hoy soy de los hombres jóvenes de esta tierra,

pero sólo siento un sabor a ranciedad en estos años nuevos;

nada más palpo en la gran claridad del vértigo

la deriva de una moneda que cae por una escalera infinita

y arrastra en sus giros lo poco de alma

que le quedan a esas cosas que nos pertenecen.

No ha sido fácil tomar este camino

por donde nos señalaron que se llega al amor.

No ha sido fácil decidirse a perderlo todo para ganar un poco.

Y está el hombre joven viendo al hombre viejo,

y puede que alguien se acerque a dar una lección,

a decirnos que debemos ser así, mansos, de modales dulces

y que el hombre viejo es un ejemplo de vida.

Yo he sabido que no es mansedad la del hombre viejo

sino pesadumbre.

He sabido que su silueta

es un pesado martillo que para nada sirve.

No es necedad, ni asunto de conciencia,

pero poco vale este agujero por donde quieren que vea la vida

y poco vale la vida si uno necesita un agujero para verla.

Primer adiós a los teléfonos

Siempre hay una manera de comprender a los teléfonos.

Nada más se debe pensar en sus actitudes

y en la forma de velarnos el sueño.

Los teléfonos son esos mamíferos

que llevan en su adn

los presagios de las bestias de las cavernas;

acumulan nuestro semen en mesas de noche

y a veces nos redimen

porque de sus fauces brotan las palabras de esa mujer

que cree en nuestras cartas de amor

y no sabe y no piensa

en nuestros impulsos asesinos al cruzar la sala de casa.

A veces me he desvelado esperando que me resuciten

y que me digan dónde está mi presa,

cuáles son las maneras

en que iglesia promueve el uso de los pañuelos

con que las vírgenes se rozan las mejillas.

Los teléfonos son esas bestias que llenan de leche

las paredes de verano.

En sus múltiples especies prorrogan la palabra espera.

Pueden asistir con diplomacia a una noche de jazz,

son una sustancia para promover el sexo en grupo

y pueden, sin exagerar, derribar a presidentes

o jefes militares.

Por eso se les teme.

Los cristianos modernos invierten en ellos,

promueven su uso porque según las leyendas urbanas

son parte de esa divinidad

que hace tiempo nos nombró herederos de walt disney.

Algunos teléfonos gustan de casas de moda,

de peluqueros con manos de ángeles arcaicos,

o de solitarios graneros donde se acumulan las praderas.

Otros asisten a las subastas públicas,

definen las leyes del comercio internacional

hacen interrogatorios a los presos políticos

y a los presos comunes

y concluyen que son lo mismo,

que una bala de nueve milímetros está bien para ambos.

En mi hogar de provincia los vi por vez primera,

llegaron con una forma anticuada

para convencer a la gente de su inocencia.

Tenían una oficina con un eco rancio para ellos solos

y los adolescentes vírgenes

se masturbaban en su presencia.

Pero siempre hay una manera

de comprender a los teléfonos.

Y sin empeño alguno se pueden coleccionar,

darles un uso de etiqueta

o colocar en ellos las iniciales de los miles de bostezos

que opacan la hora de la siesta.

Los amos de lo palpable los adoran

porque les susurran al oído

la hora y la cantidad que les depositaron en su cuenta

y les serenan con terapias orales japonesas

para que no se estresen por su próxima traición.

A veces se vuelven tiernos y comentan una frase de Séneca

o dicen que ropa interior lleva esa mujer vecina

que se acredita nuestras naturalezas

y las guarda en botes de cloroformo.

Siempre, desde mi conciencia los vigilo

y guardo el más asceta silencio

para oír la hecatombe de sus alabanzas radioactivas.

Y les temo

porque son capaces de ordenarme

que use guantes para escribir,

que me vista de travesti y tome la mano de un taxista maniaco

o que adquiera un anillo de compromiso.

Siempre les veo, entre el temor y la osadía,

porque sé que sueñan con el día en que un desconocido

me arranque las vísceras de una puñalada.

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Un comentario en “Otra es mi manera de morir: Salvador Madrid

  1. Fernando Ortiz dijo:

    Soy poco para dirigirme a espacios públicos, pero por esta ocasión me voy a permitir felicitarle a todas las personas que se han tomado su tiempo y sus recursos para apostarlos por las artes en toda su expresión, la misma que considero la trinchera más difícil, especialmente para nosotros los que vivimos en el interior del pais y conocemos tan poco del trabajo que realizan nuestros pintores, poetas, músicos, actores, actrices y otros soñadores que conparten su talento celestial con este pueblo moribundo de cultura.
    Creo que en nuestro país necesita más cultura y menos política, más poetas y menos burócratas, más músicos y menos diputados. Necesita más gente que sueñe con una patria unida.
    Gracias, Orbis

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