Orbis

Los perros de Willy Flores

La voluntad dormida

La vida humana puede fatigar a cualquiera aun en domingo, tanto que los románticos locales consideraban este día el más indicado para morir. Pero si alguien decide imaginar qué aspectos componen la vida de los perros, habrá que echar un vistazo a la plástica del hondureño Willy Flores, artista radicado en Costa Rica, desde donde nos hace llegar esta sugestiva mirada al mundo canino, frívola o ascética, una existencia que discurre bajo las patas de la mesa y en los jardines, la más de las veces bajo las tolerantes atenciones de sus dueños. Quizá estas pinturas no se limiten al singular oficio de conferir personalidad a estas mascotas, y esta obra nos seduzca como el rumor de un río en cuyas profundidades se ocultan los gritos de mil ahogados. Es obvio que las distancias aquí son separaciones de la supervivencia, que el cazo definitivamente vacío es la única recompensa posible y que el presente perpetuo adquiere también un solo color, orgánico, donde se concentra y borra el mundo.

Luego del ensayo sobre los animales de J. M. Coetzee (en especial de aquellos animales que nos comemos), nada en torno a estas familiares criaturas parece inocente. Si bien no se puede hablar de una personalidad en los animales, al menos podemos decir eso, que siente, se expresa y a veces también parece pensar. Algo de eso está en estas pinturas de Willy Flores, donde la ausencia humana (o el ojo humano que lo explora y observa y diseca en este momento) es un elemento de prueba en un juicio de culpabilidad. Aunque en estas alegorías existenciales de los animales no se recurra a la muestra esquelética del hambre ni se trata de un happening con un perro verdadero a punto de morir, la culpa es similar y algo de angustioso tienen estas imágenes, como si los perros se supieran apresados en un mundo ajeno, envueltos y perdidos en una naturaleza mitad salvaje-mitad nada, oprimidos en el mismo lienzo. Y aquí está la naturaleza de explorador de estos animales, con timidez y miedo, y la mirada misericorde -dice Aleixandre- detrás de los barrotes. El movimiento circular de la pantera parece el preámbulo hipnótico de la nada, de la muerte, dice Rilke. Nada sabemos cuántos juegos mortales realizan a diario estas criaturas que Willy nos invita a observar tierna y cuidadosamente. Aquí el texto del filósofo Humberto Jiménez, publicado este año en una revista de arte de Costa Rica.






Un llamado de lo natural

Por Humberto Jiménez

En este momento Willy Flores nos presenta una paleta restringida de colores, las figuraciones se han maximizado por la economía de los recursos expresivos utilizados en las composiciones, allegadas a la austeridad minimalista.

Willy tiende a simplificar las formas en busca de una figuración cada vez más personal y esencial, de ahí nace la iconografía del perro, que es “el observado y el observador”, los cuales flotan en espacios vacíos y fluyen en interrogantes de soledad.

Los elementos y la disposición en el espacio así como la creación de un entorno etéreo, son parte de las búsquedas que ha decidido encarar, como todos sabemos es un proceso complejo, que ha comenzado ya que le sirve como alimento para la evolución de su quehacer artístico.

A través de las expresiones busca trasladarnos a un mundo diferente, donde las emociones surgen sin esfuerzo, hasta encontrarnos solos frente a una realidad muy propia, diferente a las demás, cuyo clímax define nuestra relación con ese animal, que mira o posa de manera quieta y silenciosa. En su propuesta, nos invita a liberarnos de la codicia y del deseo de consumo, ya que esto nos disfrae de mantener la continuidad de nuestra conciencia, y es en el silencio de la mente, donde el vacío es en realidad, una plenitud de ignotos significados posibles, posibles verdades, posibles creaciones.

Y es aquí donde Willy comenta y reflexiona sobre el ser humano, que vive en un mundo sumergido en la tecnología y ahogado por el confort material y constantemente somos distraídos, incapaces de ver lo que nos rodea dejando a un lado lo sencillo y lo natural. Todo parece ocurrir y mostrarse en el vacío, y así con mucha frecuencia nos encontramos con miradas nostálgicas que dejan interrogantes en el observador por su posibilidad de identificarse con este can, que sin embargo, está ahí y constituye el espectáculo del mundo confrontándolo con una existencia propia.

WILLY FLORES

Egresado de la Escuela Nacional de Bellas Artes, Honduras, este talentoso artista plástico se le considera un nuevo valor dentro de las artes centroamericanas, cuyos colores de “una paleta restringida (sobria diría) donde crea atmósferas esfumadas bañadas por una luz silenciosa que hace que la imagen estalle en unión de contrarios” -como dijo el artista Hugo Ochoa- le determinan en su onírico espectro temático. Willy es un artista de espacios, de levíticos personajes, de sombrillas metafísicas y trenzas negras. Pintor que desde ya crea su personal iconografía, tan propia de los que no buscan, encuentran, su camino denso, rico, hacia el lenguaje pictórico universal. Viajero que lleva su terruño en cada luz y sombra de sus obras. Poeta del color. Artista serio y seguro, Willy Flores ha expuesto en Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica. Obtuvo ya un importante premio otorgado por la Alianza Francesa, Honduras en 1999. Obras suyas se encuentran en colecciones privadas de Centroamérica y Europa.

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